30 diciembre 2006

Nunca un informativo llegó tan alto

El que tenga oídos, que oiga. El que tenga ojos, que vea. Dichoso el que cree sin haber visto, y quienes lo vieron, recuerden por siempre que así sucedió. Lo que ven aquí es real, y así quedará para la posteridad. Con ustedes, uno de los momentos más sublimes de la historia de la televisión.

26 diciembre 2006

La cagamos

Me congratula anunciar desde aquí el fin del mundo:
EL CAMBIO CLIMÁTICO ES INEVITABLE
Feliz martes

24 diciembre 2006

Portada de TIME (VII)

Pasaron varios meses desde aquella tarde en la que Bob Woodstein le pidió a Irma, la limpiadora, que tradujera la carta de Juancho. Desde entonces, cada tarde, el periodista reservaba unos minutos para charlar con su compañera puertorriqueña. A veces era durante la hora del café, otras veces justo antes de irse a casa. Irma no sólo le había contado cientos de historias sobre su vida y las vidas de sus compatriotas, sino que le había descubierto al veterano periodista que cada persona contiene un valor difícil de cuantificar, que no se mide en dólares o experiencia, un valor que no se plasma en tarjetas de visita o en un currículum. Bob podía suponerlo, de hecho siempre presumió de ser un tipo sin prejuicios. Bob Woodstein, experimentado redactor de Time, no era particularmente racista, homófobo ni rechazaba a nadie por pensar diferente. Pero su profesión, su sociedad y su propio paso por la vida le habían inoculado el vicio de marcar con el "sí" o el "no" a la gente nada más conocerla. No lo había hecho conscientemente. Es más, cuando descubrió su defecto se propuso repararlo inmediatamente. Era el primer propósito de año nuevo de su vida, y su idea fue directamente a la portada. A Bob Woodstein le había tocado la tarea de elegir al personaje del año y recordó la indignación de aquel lector español que protestaba por la ausencia de rostros importantes en la primera plana de la revista. Bob, recientemente maravillado por los tesoros ocultos dentro de cada ser humano, corriente y anónimo, decidió que este año habría seis mil millones de "people of the year". No lo dudó: ordenó colocar un espejo adhesivo en cada una de las portadas de la última revista del año y a cinco mil setecientos kilómetros de allí, Juancho, un tipo de Móstoles calvo y un poco narizotas, vio cumplido su propósito. Antes de terminar el año logró ser portada de Time.


Si tú también quieres verte en la prestigiosa portada ve durante la próxima semana al kiosco. La revista viene además muy pero que muy interesante, con reportajes sobre YouTube, gente anónima, Second Life... De verdad, cómprala (no me llevo comisión). También puedes ver la portada original en la edición digital, pero créeme, no es lo mismo...

Esta entrada es la continuación de Portada de TIME I, II, III, IV, V y VI.
Gracias a todos por vuestra existencia y feliz Navidad.

12 diciembre 2006

El Capitán Chacón

El viento soplaba fuerte en los alrededores del aeropuerto de Manises. No era el mejor día para volar en pruebas, pero la visita del capitán Chacón llevaba organizándose varias semanas como para suspenderla por un poco de temporal. El rango del militar era demasiado alto y los responsables de la base demasiado testarudos: unos nudos de levante no podían alterar la agenda de tan ilustre visita... así eran las cosas durante el régimen.

El capitán Chacón era, sin embargo, un hombre cabal. Cuando fue recibido en las dependencias de la base aérea por los militares de mayor graduación aclaró que no tenía intención de volar mientras continuase el viento. Pero los más veteranos trataban de convencerle asegurando, sin garantía alguna, que la tormenta no llegaría a producirse. Pasó una hora y la visita llegaba a su fin. Era el momento de decidir: vuelo sí o vuelo no. Si el capitán Chacón abandonaba la base sin observar desde el aire las instalaciones no quedaría registrado en el libro de honor que el insigne militar sobrevoló Manises en uno de sus aparatos. Así que, con retórica y muy poca prudencia, los mandamases lograron que el capitán accediera a subirse a una avioneta. "El reconocimiento aéreo se hará con una única condición", dijo el capitán. "Volará conmigo el mejor piloto de la base".

El capitán Chacón acababa de alterar el orden del día. Estaba previsto que volara él solo, o acompañado por uno de sus asistentes. Sin embargo, su exigencia fue clara: quería al mejor y los altos mandos de la base tuvieron que llamar a Salvador, que disfrutaba de un día de permiso. No tardó mucho en personarse ante sus superiores. Salvador, uniformado y listo para despegar, no temía a la tormenta que se avecinaba, si bien él nunca habría elegido aquella tarde para dar un paseo en el aire. "¿Cree usted que podremos despegar con este tiempo?", preguntó el condecorado aviador. "Sí, mi capitán", respondió el joven piloto.

Dicho y hecho. La avioneta despegó y en pocos minutos sobrevolaba el litoral valenciano. Era habitual poner rumbo al este, mar adentro, para tomar tierra enfilando la pista número 4. La más moderna y la más larga, la que se mostraba a las visitas. Pero el temporal cobró fuerza y los primeros relámpagos comenzaron a amenazar a los dos tripulantes. "Aterricemos cuanto antes", ordenó el capitán Chacón, justo antes de que el motor de la avioneta, el único motor, decidiese pararse para no volver a funcionar más...

La gravedad de la situación era evidente: aquel cacharro averiado en la tormenta no era más era un objeto pesado en caída libre. "Prepárese para saltar", espetó el capitán. El piloto, valeroso pero inteligente, preparó su paracaídas. El capitán trató de hacer lo mismo... pero no encontró el suyo. Tan increíble como cierto: a nadie se le había ocurrido revisar que la avioneta en la que volaría el capitán Chacón contaba con un segundo paracaídas. El joven Salvador, conocedor de la doctrina militar y poseedor de los valores que convierten a los hombres sencillos en héroes anónimos, entregó su paracaídas al capitán Chacón. Éste, sin mediar palabra, lo tomó en su mano. La avioneta seguía perdiendo altura y la costa aún estaba lejos.

"Mi capitán, no creo que pueda llegar a tierra si seguimos cayendo a esta velocidad. Salte ahora". El capitán no movió el paracaídas. "No saldré de esta avioneta sin usted", le dijo a un sudoroso Salvador. No había más consignas: a dos mil pies sobre el mar, uno de los capitanes más reconocidos del Ejército del Aire se acababa de igualar con un cabo de primera. Bajo la mirada de la muerte no hay rangos, sólo hombres valientes y hombres cobardes, y en aquella avioneta el valor era el único motor capaz de lograr un aterrizaje de emergencia. Tirando de la palanca de alimentación, el diestro piloto engañó a la ley de la gravedad. La hélice giraba de forma artificial, como agonizando, pero poco a poco la avioneta se aproximaba a la costa. El momento crítico, el contacto con el suelo, dependía además de la habilidad del piloto. Pero el capitán Chacón había exigido volar con el mejor, y eso fue sin duda lo que le salvó la vida. El aparato se posó sobre la pista número 4 con una inusual suavidad. Resultó casi burlesco. Aquella tarde, Salvador Torán se convirtió en el mejor amigo de aquel hombre valiente.


Esta historia era una de mis favoritas. Hoy soy yo quien la cuenta.
En recuerdo de Salvador Torán, mi padre, que hoy cumpliría 68 años.

02 diciembre 2006

Todo saldrá bien

No tiene mayor importancia, simplemente no estoy acostumbrado a perder. Pero si tú me enseñas sabré cómo hacerlo. Acompáñame en un último paseo. Juntos, de la mano, y pasaré página. Quedamos esta noche. Voy a buscarte y paseamos por la Castellana, como aquel día. Déjate llevar. Iremos a todos esos semáforos, seguro que te acuerdas. El primero en el que entrelazamos los dedos. El otro en el que nos miramos a los ojos antes de abrazarnos. Y todos esos en los que no te besé. Un último paseo desde Madrid hasta la base de las pirámides, por la orilla del Nilo hasta el más estrecho canal de Venecia. En góndola hasta alguna fría laguna del Ártico. Volveremos pronto, después seguiremos adelante. Todo saldrá bien. Y continuaré sin ti.

10 noviembre 2006

Como en Amélie

Cécile llevaba al menos un par de semanas sin estudiar en su escritorio. Luc se había dado cuenta porque la espiaba a diario desde su ventana... Nada más llegar a casa, Luc se encerraba en su habitación y, con la excusa de hacer los deberes, no salía en toda la tarde. Hasta que anochecía. Hasta que la luz era insuficiente para que su videocámara, clavada sobre un trípode y apuntando hacia la ventana de Cécile, pudiera registrar lo que sucedía al otro lado del cristal de la segunda ventana empezando por la derecha de aquella casa en el centro de la plaza. "¿Cuándo inventarán una cámara para grabar de noche?", se preguntaba Luc mientras apagaba su aparato antes de bajar a cenar.


Cécile, la niña de rizos que le saludaba en el colegio, era incapaz de sospechar que el jovencito Luc, tímido y un poco tartamudo, seguía clandestinamente sus pasos. De hecho no conocía ni su nombre. O al menos eso es lo que imaginaba Luc. Hasta que el día después de la fiesta de Todos los Santos, en el que Cécile faltó al colegio, Luc decidió hacerle una visita, presentarse y expresarle su preocupación por la ausencia de su compañera. Se vistió con el traje de los domingos, arregló con un poco de celo la patilla rota de sus gafas y compró una flor a la señora Charlotte, que solía venderlas por las tardes en la plaza. Según se acercaba a la puerta de la casa de Cécile se ponía más nervioso. Llamó, atendió su madre y le contó que, en efecto, Cécile había pasado la noche anterior con algo de fiebre, por lo que ambas decidieron que no fuera al colegio. "Entra, sube. Está aburrida en su habitación". La madre de Cécile llamó a la puerta del dormitorio cuyo interior Luc conocía perfectamente gracias a los aumentos de la lente de su videocámara. "Os dejo solos", dijo la madre, acariciando el pelo repeinado de Luc, que fue incapaz de articular palabra. Tímido y algo tartamudo, al pequeño Luc se le secó la lengua cuando vio aquella otra videocámara plantada junto al escritorio de Cécile, apuntando hacia el exterior.

- "Lo he visto en Amélie...", balbuceó Cécile, que sufrió un aumento repentino de su fiebre.
- "Tú ta... tú ta... tú tam... t...". El pobre Luc fue incapaz de decir nada.
- "Sí... llevo dos semanas sin estudiar, espiándote".

07 noviembre 2006

El candidato perfecto

"Sen. Howard T. Jefferson II (D-NJ)"

Así figuraba en su tarjeta de visita. "Sen" de senador, el prestigioso cargo que ostentaba desde hacía seis años en el Capitolio; "T" de Thomas, el segundo nombre que tan magníficamente combinaba con su apellido; "II" para recordar que otro Howard T. Jefferson había llegado igual de alto antes que él, su padre, el popular congresista que reemplazó las viejas depuradoras de agua en las zonas rurales de Dakota del Sur por otras más modernas. "D", de partido Demócrata, al que pertenecía con orgullo y en el que había logrado méritos suficientes como para plantearse su candidatura a las próximas elecciones primarias. Y "NJ", por el Estado de New Jersey, el lugar en el que se estaba forrando a costa de los contribuyentes. El paraíso en el que se drogaba noche sí, noche también, en fiestas organizadas por aspirantes a lameculos de los mejores asientos de Washington, y que aprovechaba para follarse a actrices porno de segunda que soñaban con retirarse en una casa con un yate amarrado al muelle en la costa Este. O en la Oeste, daba igual.

Howard T. Jefferson II había sacado tanto provecho de su carrera política que su revalidación en el cargo le importaba más bien poco. Sólo necesitaba alguna garantía de que el dinero permanecería a su lado. Con dinero lo había pagado todo: su mansión de dos kilómetros cuadrados, el silencio de los medios de comunicación locales y las operaciones de su esposa. Y todo lo había convertido en dinero: su apoyo a campañas aparentemente benéficas, sus votos a las leyes del Senado y el envío al frente de su hijo militar, que partió a Iraq con la condición de ser ascendido a teniente y a cambio de una suma de dinero procedente de un oscuro recoveco de algún despacho del Pentágono. El hijo del demócrata que creía en Iraq. Un defensor de la libertad, un americano valiente. El senador por el Estado de New Jersey estaba tan podrido de dinero que la noche antes de las elecciones legislativas desconectó su teléfono móvil y se quedó hasta las cuatro viendo episodios grabados de su serie favorita. Howard T. Jefferson II, a sus 44 años, lo había conseguido. Ya no le quedaba nada en lo que creer.

02 noviembre 2006

A las dos serán las tres

No quiero que me busques, no me encontrarás. Si aún existo en tu memoria, por favor, formatéame. Es el capricho semestral de un reloj incomprensible. A las tres eran las dos, ¿recuerdas? Una hora más. Como tu decías, una "hora extra". Pero no. Es una hora menos. A las tres eran las dos. De nuevo. Una hora invalidada. Olvida lo que ocurrió durante esos sesenta minutos, porque tuvimos otros sesenta para enmendar la metedura de pata. Un viaje en el tiempo, sí, como en Regreso al futuro. Ni una hora más ni una hora menos, sólo una oportunidad de corregir. Corregido está. Es la sentencia del reloj. Aquella hora perdida en el tiempo volverá, no te preocupes, cuando a las dos sean las tres.

22 octubre 2006

El viaje de Arturo

Arturo Torre no ha terminado un viaje y ya ha comenzado el siguiente. No sabe qué equipaje debe preparar en esta ocasión. Todos le hablan de metas, como si supieran adónde quieren llegar. Y aunque le consta que muy pocos en realidad lo saben, se pregunta si quienes lo tienen claro saborean la felicidad cuando alcanzan sus destinos. Arturo se considera feliz y afortunado, aunque la vida también le ha golpeado con dureza en distintas ocasiones. Pero encaja bien los golpes, no para poder decir aquello de "lo que no te mata te hace más fuerte", sino porque es lo único que sabe hacer: caminar hacia adelante, sin más. Arturo tiene la sensación de que las palabras "sueño" o "aspiración" no tienen para él el mismo significado que para los demás, que tanto las utilizan. Él apenas las usa, quizá porque cree que no tienen valor, o porque tienen demasiado como para ser pronunciadas en vano. Tal vez no las dice porque sus supuestos sueños y sus supuestas aspiraciones se cumplen. Y eso, que para muchos sonaría a vida ideal, para él llega a ser agobiante. ¿Qué equipaje debe preparar ahora? Las famosas metas de las que tanto hablan los que hablan bien deben de estar en alguna parte, pero Arturo, buscador innato, no tiene ni puñetera idea de dónde pueden estar las suyas. A veces ha llegado a pensar que la verdadera meta es la muerte, o que su destino está en los brazos de alguna mujer que sigue prefiriendo el amor de otro hombre. Pero como Arturo no se estanca prefiere seguir viajando sin descubrir dónde están sus metas. Quizá porque si llega a la conclusión de que la meta es la muerte se moriría. O porque si confirma que el sentido de su vida está en el calor de una chica encantadora, terminaría junto a ella y ya no sabría adónde ir después. Hoy Arturo está de viaje, buscando algo que buscar.



Foto: Gare Saint Paul, Lyon (Francia). Mayo 2006.