06 abril 2010

Bendita tú eres

Dios te salve, querida, llena eres de vida. Profetas, escribas, desnuda y vestida, todos aquellos que miran arriba, esos mortales que amaron un día; todos lo saben, palabra divina. Sagrada escritura, verdad revelada, luz de las alturas, la fe te proclama. Eres el fuego que ardió en Galilea, la madre del Zeus que engendró a Atenea, Pachamama, Pangea, Brahma, la Idea. La esencia del Karma, la causa primera. Si Dios es amor, qué duda queda. Eterna tú eres. Y que así sea.

05 enero 2010

Diez propósitos de Año Nuevo

1. No practicar ningún deporte. El ejercicio físico es la manera más fácil de mantenerse en forma. Por eso, como los retos fáciles son para los cobardes, yo pienso alcanzar el esplendor físico a través de la meditación y el descanso. Si no lo consigo nadie me podrá reprochar que al menos no lo he intentado.

2. Dejar de fumar. Teniendo en cuenta que nunca he fumado, este propósito cae directamente al saco de mis éxitos personales en 2010.

3. Apuntarme al gimnasio. Puesto que hay uno gratuito en mi comunidad de vecinos, ahí va otro logro ejemplar directo a la lista de la autorrealización.

4. Cuidar mi alimentación. No pienso desatender ni una sola de mis comidas, olvidarme de una sola de mis cenas, sustituir ni un solo aperitivo. Si yo no cuido a mi pobrecita alimentación, ¿quién lo va a hacer?

5. Prestar más atención a las tareas del hogar. Porque prestar menos es imposible.

6. Ser mejor persona. Tras lograr ser un mejor buitre en 2008 y un mejor cerdo en 2009, ha llegado el turno de exhibir al tercer y último animal que hay en mí.

7. Pensar más en los demás. Mientras pensar no cueste trabajo. Esforzarme por ellos nos lo plantearemos ya para 2011.

8. Empezar a fumar. Y así el segundo propósito tendrá aún más valor.

9. Dedicar más tiempo a mis hijos. Si tuviera a mi primogénito en este 2010 juro que le haré más caso que el año pasado.

10. Participar en alguna ONG. Por ejemplo, una cONGa de Jalisco.

26 octubre 2009

Categoría 5

Surgen de la azarosa condensación del vapor, el viento y las altas temperaturas. Se aproximan lentamente como una suave tormenta, cobran fuerza a su antojo, avanzan, te atrapan y, cuando quieres reaccionar, sólo puedes lamentar la destrucción que han provocado. Para entonces, ya se habrá esfumado en el aire. Los huracanes son tan terribles como inevitables y, en años como este, tienen nombre de mujer. Cada uno con su letra, la A para Ana, la C para Claudette, la E para Erika.
El huracán T llegó por casualidad, pero tardó muy poco en pasar de leve brisa a tormenta tropical. Sin embargo, sus vientos soplaban transparentes, cargados de nobleza y dignidad. Porque T, al contrario que el resto de agentes atmosféricos, avisó. Y pronto alcanzó la categoría 1.
Olvidé las recomendaciones de resguardarme en un lugar seguro, hacer acopio de víveres y capear el temporal. Las olvidé o tal vez quise ignorarlas. Y el huracán T fue adquiriendo cada vez más fuerza. Sus remolinos danzaban con exquisita dulzura. Sus ráfagas, frescas ante el calor, cálidas contra el frío, resultaban el mejor lugar para envolverse. Y el huracán T ya era de categoría 2.
Una racha de cordura me invadió en medio del vendaval y decidí correr a refugiarme. Tapié puertas y ventanas, blindé muros y tejado y sellé mi alma a cal y canto. Pero una bocanada de locura se coló por una grieta y salí inconsciente a la tormenta. T era por entonces un hermoso huracán de categoría 3 de esos que sabes que no pasarán dos veces.
Con rachas de más de doscientas risas por hora y ráfagas de setenta besos por minuto, T comenzó a dejarse sentir en cimientos y estructuras. La solidez de mi armazón comenzaba a flaquear y aquel ciclón, lejos de perder fuerza, alcanzó sin miramientos la peligrosa importancia de la categoría 4.
La categoría 5 es demasiado dolorosa. El huracán T, un torbellino de honestidad, marcha ahora hacia otras regiones, dejando tras de sí las consecuencias de sus pasos. Por eso esta noche, mientras retiro tu foto de la mesilla, lo hago con el deseo de que el recuerdo de tu brisa se cuele algún día por esta ventana que desde hoy vuelve a estar enladrillada.

22 octubre 2009

That is the question

“¿Y tú cómo eres?” no parece, en principio, una pregunta sencilla para responder en lo que dura un semáforo en rojo. Sentada de copiloto, aquella chica mitad periodista, mitad profesora, mitad actriz, mitad bailarina (eso hacen cuatro mitades, pero es que hay quienes valen por dos), ejercía sus cuatro facetas de golpe, como un bombardeo de estímulos del que sólo un titán podría salir indemne. Su mitad periodista indagaba en mi personalidad, para conocer mejor al individuo con el que estaba compartiendo algunas horas en su ya de por sí ocupada vida. Su mitad profesora me examinaba al detalle, para saber si acaso merecía aprobar la asignatura de su dedicación. Su mitad actriz dotaba de cómico dramatismo aquella escena en el coche de la que el mismísimo Hamlet habría salido huyendo, no sin antes lanzar por la ventanilla aquella pobre calavera que nunca entendió del todo por qué he ahí la cuestión. Y su mitad bailarina mareaba dulcemente mis neuronas con un chachachá de sales y azúcares que convertían mi empanada mental en un confuso postre para aquella bien alimentada tarde.

Yo, que nunca fui de hablar demasiado, asistía cual calavera a mi propia exposición. “Tú cómo eres…”, vaya con la niña. Ser o no ser parecía un dilema más fácil de resolver, más incluso que improvisar cada vez una invención distinta para escapar de aquellos “dime qué estás pensando… YA”. Pero “y tú cómo eres” superaba en dificultad el laberinto de aquellos semáforos, la técnica del baile caribeño y hasta los dilemas del príncipe danés. La radio rellenaba el silencio. Y he aquí que la cuestión se resolvió, pues por arte de casualidad, la letra de una canción expresó con sorprendente puntería la respuesta más certera de todas las posibles:

22 septiembre 2009

El político

– “Tengo que cambiar las cosas”, decía José Manuel mientras se anudaba la corbata el día en el que decidió meterse en el partido.

– “Al menos hay que intentarlo”, decía José Manuel mientras se anudaba la corbata y repasaba los últimos párrafos de su discurso, el día en el que fue nombrado candidato a las elecciones después de liquidar en los pasillos a sus compañeros rivales.

– “Crear ilusiones también es importante”, decía José Manuel mientras se anudaba la corbata, repasaba los últimos párrafos de su discurso y consultaba la agenda con su asistente, el día en el que se cerraba una campaña llena de promesas que él mismo sabía que no podría cumplir.

– “Las cosas son como son y hay que ser realistas”, decía José Manuel mientras se anudaba la corbata, repasaba los últimos párrafos de su discurso, consultaba la agenda con su asistente y persuadía por teléfono a varios tipos influyentes para que apoyaran sus decisiones a cambio de futuros favores, el día en el que juró su cargo como presidente tras convencer a otros partidos rivales para que apoyaran su investidura.

– “El partido es el partido y yo solo no puedo”, decía José Manuel mientras se anudaba la corbata, repasaba los últimos párrafos de su discurso, consultaba la agenda con su asistente, persuadía por teléfono a varios tipos influyentes para que apoyaran sus decisiones a cambio de futuros favores y trazaba las líneas a seguir para ocultar algunas medidas que unos meses atrás ni se le habrían pasado por la cabeza, el día en el que decidió presentarse a un segundo mandato.

– “De alguna manera hay que ganarse la vida”, empezó a decir José Manuel cada mañana cuando se miraba al espejo.

16 septiembre 2009

Discriminación

Hace 107 años, Theodore Roosevelt invitó a cenar a la Casa Blanca a un influyente profesor. La prensa puso el grito en el cielo y tachó el encuentro como una provocación: con la cena ofrecida a Booker T. Washington, Roosevelt acababa de extender la primera invitación oficial a la mansión ejecutiva a un negro y ningún otro afroamericano fue invitado a la Casa Blanca en los siguientes 30 años. Hoy, todos esos ignorantes se desmayarían al abrir cualquier periódico.

En la década de los 50, una joven llamada Sarah Bond buscaba alojamiento en Washington DC. En todos los hoteles encontró la misma respuesta: no hay habitaciones para negros. Veinte años después y tras grabar algunos discos, Sarah ofreció un concierto ante un selecto grupo de invitados y un hombre le pidió permiso para bailar con ella. Ese concierto tuvo lugar en la Casa Blanca y ese hombre era el presidente Johnson. Aquellos ignorantes que le habían negado una habitación 20 años atrás murieron de envidia en ese mismo instante.

El fin de semana pasado, un rapero de cuyo nombre no voy a acordarme le quitó el micrófono a una artista blanca de 19 años y número 6 en las listas de ventas de EE.UU. para decirle que su vídeo premiado en la categoría femenina estaba bien, pero que el videoclip de Beyoncé era mejor. Minutos después, tras recibir el Premio MTV al Mejor Videoclip del Año en el Radio City Music Hall de Nueva York, la cantante Beyoncé cedió su minuto de gloria a la chica blanca de 19 años para que pudiera disfrutar de los aplausos que le habían negado. Aquel ignorante ya había salido de la sala a vomitar su propia vergüenza.

Esta misma tarde he tenido que escuchar de tu boca que tú y yo no tenemos ninguna posibilidad porque me gusta el reguetón. En cuestión de segundos te vas a dar cuenta de la dimensión histórica de tu error.

16 agosto 2009

Vidas cruzadas

A Johannes W. Delzen, inventor del colutorio con sabor a tinto de verano, le tocó un viaje a Praga para dos personas. Preguntó si podía llevar a su perro como acompañante, pero las bases del concurso no lo permitían. El señor Delzen renunció al premio por considerar carente de interés viajar a un desierto en el que, según las mismas bases, podían declarar su premio. Desde entonces decidió mejorar su español.

Theresse Avignon acudió una mañana durante sus vacaciones en Marsella al ambulatorio más cercano con síntomas de gripe. El médico la derivó al hospital, donde le diagnosticaron la infección del virus H1N1. Murió horas después en el puerto, tras resbalar en unas escaleras. Un rico notario que pasaba por allí le preguntó si deseaba dejar testamento de viva voz, a lo que ella respondió con un sonoro y último estornudo.

Harry Latorre, productor de cine porno en Miami, se dirigía a casa de su madre en Key Biscayne con una tarta de cumpleaños. Tras llamar a la puerta tres veces y preocupado ante la falta de respuesta, decidió forzar la entrada. Encontró a la anciana ocupada con su caniche Rickymartin y decenas de botes vacíos de “Colutorio Delzen”, en el que la advertencia de “no ingerir” figuraba en alemán. La señora Latorre, que sólo hablaba inglés, saludó a su hijo con un “my birthday is tomorrow, asshole”.

Mariano Gorgojo, miembro número 36.718 del Colegio de Notarios de la República Checa, yacía moribundo en su mansión de South Beach, víctima de la gripe A. Arruinado tras perderlo todo en el “Latorre Party Complex” de Marsella, hizo trizas su declaración de testamento y entregó a su médico francés todo lo que le quedaba: un viaje a Praga para dos personas que había quedado desierto. El médico se llevó con él a un caniche abandonado con el hocico manchado de tarta de frambuesa.

A todos ellos les unía una circunstancia común: habían contratado Internet con Orange y les fue como el culo.