Era una de esas tías que me veían como el marido perfecto. Y nada más. Para mí, la perfecta era ella: sonrisa de anuncio de clínica dental, centro de gravedad imprescindible en las fiestas y tanga al descubierto cuando conducía su moto. Pero Sofía me resultaba inaccesible aunque me dejara todas sus puertas abiertas. Todas, menos una. Cada vez que le insinuaba algo me salía con lo mismo: “tú y yo iremos juntos al altar”. Cosas de ese estilo que, lejos de hacerme feliz, me hundían cada vez más en el charco de la impotencia.
- “¿Y quién cojones te ha dicho a ti que lo que quiero es casarme contigo?”
Obviamente, nunca se lo dije. La única frase con la que logré desestabilizarla se la solté en una terraza de Madrid una noche de verano: “si no te conociera de antes hoy me habría enamorado de ti, pero te conozco y sé que llevo enamorado mucho tiempo”. Esa noche lo mandó todo al carajo, novio incluido, y acabamos en su cuarto. Después de aquello nada volvió a ser igual.
- “Así que tienes novia… ¿Y pensáis casaros?”
- “Quién sabe, Sofi. A lo mejor algún día”
- “¿Y ella qué dice?”
- “Que nunca se casará conmigo”
Hoy le he contado a mi chica cómo me gustaba Sofía. No se ha puesto celosa. Después le he pedido que se case conmigo. Ha dicho sí. Se lo he contado a Sofía con un mensaje y me ha contestado pidiéndome un favor: quiere ser mi madrina para acompañarme al altar.



