18 marzo 2007

Una llamada perdida


Te parecerá mentira que te escriba ahora. No sé si es una sorpresa agradable o si te molesta que me entrometa en tu vida después de tantos años. Ni siquiera sé si conservas esta dirección de correo electrónico, así que algo me dice que jamás llegarás a leer este mensaje. Pero quería devolverte aquella llamada perdida... aunque sea doce años después.

¿Cómo te va todo? Supongo que tendrás un montón de novedades desde aquella tarde de primavera de 2007 en la que quedé en llamarte a las ocho. Quiero pedirte disculpas. A mí no me va mal, o al menos eso es lo que la gente dice. Conseguí dejar el periodismo después de muchas dudas. Ahora me gano la vida escribiendo columnas y alguna que otra novela, me mudé a este apartamento en el Upper West Side de Manhattan y no me falta compañía, aunque no logre que sea la misma todos los meses. De algún modo es como si se hubieran ido cumpliendo mis aspiraciones, si bien no encuentro nada más preocupante que este camino hacia la satisfacción. Los que creen en la suerte dicen que soy un afortunado, y los que no, aseguran que soy de los que toman siempre la decisión correcta. Yo, que no sé en qué creo, prefiero pensar que hay un poco de las dos cosas, aunque me temo que en esa combinación entre fortuna y puntería hay algo que no termina de dar buenos resultados.

Mañana cumplo cuarenta años y cuando miro atrás soy incapaz de distinguir dónde he dado esos pasos certeros que fueron desviando mi camino hasta esta sexta planta de un bloque residencial en Nueva York. Si quisiera volver atrás no sabría dónde pisar primero, pero tampoco querría hacerlo, salvo para cambiar alguna que otra decisión equivocada. La que tomé a las ocho de la tarde de un domingo en la primavera de 2007 está demasiado lejos, así que no te preocupes, esto no es más que un email a punto de desaparecer.

Cuando le dé al botón de "enviar" estas palabras tal vez se pierdan en el ciberespacio hasta estrellarse contra un buzón de entrada bloqueado por el paso del tiempo. No importa. Quizá en su viaje por la nada se crucen con las palabras que iban a pronunciarse en aquella llamada que no llegué a contestar. Si entre ellas logran entenderse ya habrán conseguido más de lo que conseguimos nosotros hace doce años. Si no se entienden o ni siquiera se cruzan compartirán conmigo la sensación de haber recorrido el camino correcto en el que, a pesar de todo, lo que debió haber sido al final nunca llegó a ser.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

que no es por nada, pero recibo yo un mail asi 12 años después y subo los 7 pisos del bloque en Manhattam para graffitar tu casa con todo tipo de improperios.
jajajaj
Elena SM

Anónimo dijo...

No creo que nadie deba dejar pasar 12 años antes de realizar esa llamada, siempre hay excusas, claro esta... como deberle varios millones de leuros o un riñon, o haber grabado a Ana Obregon encima del VHS de su primera comunion... pero aun asi... despues de doce años, yo creo que es mejor olvidar el tema (jamas te perdonara lo de la Obregon)

Afortunadamente solo han pasado 3 dias de esos 12 años... y aun estas a tiempo de justificar tu necesidad de ese riñon por encima de la suya