11 marzo 2009

La confesión de la piedra


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El truco consiste en no mirar a los muros. El horizonte siempre regala un placentero espejismo cuando caminas en invierno por la Rúa Mayor. La vista al frente, el paso tranquilo y la garantía generosa de que una toalla cálida secará tu cara, tu pelo y cada uno de los dedos con los que despegues de tu piel la ropa empapada bajo la lluvia. Sin mirar a los muros. Los adoquines aseguran la marcha, la calle delimita el camino y la gente brinda con sus paraguas en un convoy impermeable que avanza con decisión y sin mirar a los muros hacia el refugio particular en el que cada día se parece al anterior. Y no importa nada más. Pero un violín rasga suavemente el aire húmedo. Peligro, no mirar.

Y miras. Y adviertes tras sus cuerdas la presencia de los muros que debías haber ignorado. La piedra dura y fría cuya composición vertical permite al horizonte ser horizontal, ofrece a la calle un límite que delimitar y protege a la gente de las gotas diagonales que sus paraguas no pueden parar. El violín no cesa. Y sus notas comienzan a hablar. Ya no ambientan, ahora cuentan la verdad. Ya has visto los muros. La pared de una ciudad que late lateralmente, en la que la inercia es inerte, donde la vida es vidente. El futuro revelado por la melodía se talla con cada gota sobre la piedra de Villamayor. Peligro, no tocar.

Y tocas. Y sientes en las yemas de tus dedos que la piedra no es dura y fría, que la lluvia la convierte en arcilla caliente. Una arcilla centenaria que soporta toneladas de historia en cada bloque, esperando desde hace siglos el momento de reclamar la atención. Pero llueve y no importa nada más. Podrías seguir hacia adelante, con la vista al frente, sin mirar a los muros. Pero ya has mirado. Y la piedra ya no es blanca. Se oscurece al contacto con el agua. Se confiesa, grita en vertical y hacia abajo reclamando por fin tu atención. Lo sabrás cuando camines bajo la lluvia por la Rúa Mayor. Podrás mirar al frente, ignorar el violín, olvidar la melodía. Y nada importará. El truco consiste en no mirar a los muros, pues el horizonte siempre regala un placentero espejismo.


7 comentarios:

perla dijo...

Sublime.

Lía Vega Erao dijo...

¿Se podrá evitar dejar de mirar los muros?

Besos Nazaríes... (igualmente sublime)

Belén dijo...

Odio cuando me pongo ñoña, joder... porque muchas veces los comentarios parecen comidas de polla sin fin...

Pero jo-der que bueno!

besicos

Laura dijo...

Así no suenan tan mal ni el frío ni la lluvia.

Algo se encoge dentro al leer el texto y escuchar la música. No se queda corto el personal con la calificación.
MBs

Gouglina dijo...

con la musica de fondo te imaginas caminando bajo la lluvia por la Rúa Mayor...
me ha encantado este relato...

Clark Kent dijo...

I´m going to fuck you.

Borja Echeverría Echeverría dijo...

Buen relato. Tiene cierto ritmo, hasta parece que escuchas las notas del violín.
Saludos.