26 enero 2009
18 enero 2009
Nervio y ansia
De aquí al martes todo será hacer tiempo. Mientras tanto, os dejo con él:
Faltan 1 día, 19 horas, 3 minutos y 54 segundos para que algo cambie en
Washington, aunque sólo sea la retórica.
11 enero 2009
La rosa y el cactus
Pasados los meses y los granos, mi primera novia hizo un suave pero sólido dictamen sobre aquella perilla que volvía a crecer: mis pelos le irritaban la cara. Por eso podaba a diario con mi maquinilla de afeitar aquellos pinchos faciales que impedían a aquella chica de cutis sensible acariciar la rosa que había elegido.
Ahora intento reservar los besos a mi particular altar de lo sagrado. Ese sancta sanctorum de las cosas demasiado importantes como para utilizarlas en vano. Allí guardo el matrimonio, la comunión, los “te quiero” y la música de Queen. Prohibido utilizarlos en vano. Estoy haciendo sitio a los besos. No gastarlos en labios que no venero, llevarlos rápido a otros paisajes próximos. Reservar la húmeda caricia de la lengua para los destinos en los que no miente.
Por eso ahora me dejo crecer un poco de barba. La suficiente para irritar cualquier tez anónima, pero lo bastante corta como para no acariciar. Cuidando ante el espejo estas púas de mi cara que, como el cactus, dicen sin embustes que “si me tocas te dolerá”. Y temiendo ante el espejo que seas tú la rosa que me va a afeitar el alma con navaja.
07 enero 2009
La verdad sobre los Reyes Magos
El 7 de enero Marquitos no dejaba de darle vueltas al mismo asunto. ¿Debía o no debía contarle a su padre que había descubierto la verdad sobre los Reyes Magos? Cierto es que el día anterior había pasado quizá el mejor día de reyes de su vida, a pesar de que fue el primero que no pudo compartir con su mamá. En la mañana del primer 6 de enero después del divorcio de sus padres, Marquitos abrió sus regalos con más ilusión que nunca. Y eso que sólo unas horas antes, presa del más absoluto asombro, había descubierto a su padre colocándolos sobre el sofá del salón.
Ocurrió más o menos a las dos de la madrugada. En los últimos tres meses Marquitos no dormía bien. Antes, era su madre quien le arropaba en la cama, le leía un cuento y le daba un beso de buenas noches cuando ya se había quedado dormido. Desde octubre, lo hacía su padre. Le arropaba en la cama, le leía un cuento y le daba un beso de buenas noches, porque Marquitos fingía quedarse dormido para que papá no sintiera que algo estaba haciendo mal. Pero le costaba dormir. Aquella noche de reyes, además, se hacía mucho pis.
Marquitos se levantó de la cama confiando en que aún no hubieran llegado los reyes. Miró el reloj: eran las dos menos cinco. "A lo mejor hasta las dos no llegan", pensó, y abrió la puerta de su dormitorio para cruzar con decisión el pasillo que llevaba hasta el baño. Pero había luz. A medio camino, donde estaba el salón, alguien hacía ruido. Marquitos comenzó a temblar de emoción. Sabía que no debía ver a sus majestades de Oriente, pues podrían marcharse enojados con sus regalos y castigarle con carbón. Pero la tentación era demasiado fuerte, incluso para un niño de seis años. Se acercó en silencio hasta la puerta y, confiando en que los tres reyes estuvieran ocupados y de espaldas, asomó la cabeza. La sorprendente realidad estaba ante sus ojos: no era otro más que su padre el que colocaba los regalos.
Con la boca y los ojos abiertos como platos, a punto estuvo de hacerse pis encima. Llegó al baño por los pelos, donde continuó con la boca abierta. Pensaba en todo el tiempo que había pasado ignorando la verdad, en todos esos impostores de barba y corona que decían tonterías en el centro comercial, en el colegio y hasta en la tele. Lamentó que tantos y tantos niños tuvieran que seguir engañados, pero entendió que era mejor así. Salió del baño y, antes de volver a su cuarto, decidió echar otro vistazo al salón. No porque no pudiera creerlo, sino para contemplar de nuevo a su padre. Esta vez sin sorpresa, sólo con el tremendo orgullo de ser hijo de aquel hombre. El que le había convencido de que debía dormirse antes de que llegaran los reyes. El que pasaba tanto tiempo ocupado durante el año, seguramente preparando la noche más importante de todas, aunque tanto trabajo le costara la ruptura con mamá. El que no actuaba en grupo, sino repartiéndose la tarea para que les diera tiempo a visitar todos los hogares del mundo. El que pasaría el resto de su vida sin saber que su hijo había descubierto la verdad más emocionante de todas: que su padre era uno de los tres Reyes Magos.
