08 julio 2009

Cuidado con el perro

"¿Puedes cuidarme a la perra unos días?" Esas fueron -¿recuerdas?- las últimas palabras que me dirigiste. Y ya hace trece años. Ayer se murió Laki y quería que lo supieras, no vaya a ser que te dé por volver y esperes todavía que se te suba a las rodillas. Las mías, por cierto, están hechas polvo, porque aquella cachorrita pelusona de la que te despediste con un "pórtate bien, ¿eh?" llegó a superar los 25 kilos. Gracias, en parte, a los cientos, quizá miles de euros que gasté en su comida.

"Pórtate bien" no parecía, en cualquier caso, un mal consejo. El problema es que lo pronunciaste en castellano y no en el idioma de los perros, basado esencialmente en gruñidos, babeos y gases que más que del intestino parecen proceder del mismísimo infierno. Laki, de todos modos, no se portó demasiado mal. No peor que tú. Pues al menos ella nunca dijo una sola palabra, así que tampoco pudo incumplirla.

En honor a mi perrita (concédeme también, ya puestos, su custodia post mortem), he de decir que llegué a quererla mucho. Ella, sin embargo, nunca logró olvidarte. Suspiraba cada noche antes de dormir, resignándose a un injusto e inesperado abandono. Yo también te he recordado, y no únicamente cada vez que me he tenido que agachar en el parque con una bolsita negra envolviendo mi mano. Al igual que Laki, eché de menos tus mimos, tus caricias y tus juegos de ansiedad. Esa maniobra de lanzarme el palo de las ilusiones futuras para que yo saliese tras él, dispuesto a llevártelo de vuelta esperando que no hubiera un nuevo lanzamiento. Esa órden de "dame la patita", y yo te la daba, creyendo que mi recompensa sería diferente al "ahora dame la otra". Pero ya es tarde. Por eso, junto con la mala noticia, te envío también la vacuna contra mi propia rabia.