Puedo decirte que un instante es eterno. Puedo mentirte sobre qué pasará. Puedo ofrecerte una manta en invierno. Y en verano, si quieres, pasear junto al mar. Puedo brindarte mi verdad, mi silencio, mis ganas de mejorar. Puedo otorgarte toda la exclusividad. Puedo entregarte un día, un milenio, un regreso a la infancia sin avisar. Puedo rebasar el límite de velocidad, beber, fumar y volcar en la cuneta de la complicidad. Puedo estamparme contra tu mal genio. O bucear en el lago de tu divinidad. Puedo darte todo lo que puedo. Pero lo que tú quieres no te lo puedo dar.
18 mayo 2009
03 mayo 2009
Siempre se mueren las plantas
Azucena estaba a punto de rendirse. Siempre se le morían las plantas, por más que ponía todo su empeño en sacarlas adelante. Probó con geranios, petunias y troncos de Brasil, pero nunca consiguió que superaran el invierno. Sus amigos no comprendían cómo una chica tan dulce y sensible como ella era incapaz de hacer prosperar el más mínimo brote. Por eso un día, conscientes de sus dificultades con la fitología, le regalaron un cactus. Y no le duró ni dos meses.

Pero aquel día ella le llamó y Jacinto decidió ayudarla. Estudió durante días los hábitos de Azucena y las condiciones de luz y humedad en las que se desenvolvía. Se aseguró de que la temperatura fuera la adecuada, que la mineralización del agua fuera la correcta y que nada perturbara el entorno idóneo para cultivar sus plantas. Entonces sembró algunas semillas. Azucena las cuidaba bajo la supervisión de Jacinto, al tiempo que él recordaba por qué aquella chica le gustó siempre tanto. Comprobó que ella regaba con cuidado, vigilaba la incidencia del sol e incluso llegaba a hablar cariñosamente a aquellos tallos que comenzaban a brotar. Hasta que se morían.
Jacinto contemplaba atónito aquella marchita realidad y trató de hallar la explicación a tan funesto fenómeno. Empleó toda su capacidad de comunicación con el mundo vegetal. Analizó la tierra, el agua, la savia y el humus. Rescató sus conocimientos sobre clorofila y polinización. Y volvió a mirar a Azucena. Entonces lo comprendió. Como por arte de fotosíntesis se le reveló la verdad: sus plantas morían de pena. De pena al no poder abandonar sus macetas para abrazar a Azucena y acompañarla hasta el fin de la vida. De pena por no poder contemplar aquellos hermosos ojos que sólo deseaban verlas crecer. De pena al asumir que jamás la podrían besar, amar ni agradecer tanto cariño porque, a pesar de la intención, en la implacable diversidad de los seres vivos, unas y otra pertenecían a reinos distintos.
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