26 febrero 2008

El debate de siete colas

Creo en la política. Pero también creo en el reggaeton. Y a veces este último me emociona más, con su marcado ritmo de trompeta y taladro que hace vibrar los cristales de mi ventana desde los bafles de un Peugeot 206 tuneado, cuatro pisos más abajo. Y eso es algo que Zapatero y Rajoy consiguen muy pocas veces, al menos conmigo.
Comparto el entusiasmo del debate de esta noche, pero es el entusiasmo mediático, el que venderán mañana TVE, Cuatro y La Sexta, el que brotaba de los ojos de Campo Vidal cada vez que decía "son ustedes muy disciplinados", "lo están haciendo de maravilla" o "es un interesantísimo debate". Comparto ese entusiasmo y realmente creo que ha sido un debate apasionante en algunos aspectos. Pero hay algo triste en nuestra política, un barniz trasnochado que impide a dos políticos jóvenes (sí, Mariano, te considero joven de alma) lanzar un discurso que emocione, que haga a alguien replantearse su futuro, que invite a un español a preguntarse qué puede hacer por su país en lugar de quién va a devolverle más en la próxima renta.
Creo en la política y en su poder obrador, pero también creo en la bachata que anima las noches y agita las nalgas. Y eso es algo que Zapatero y Rajoy (Rajoy y Zapatero la próxima semana) parecen no saber hacer. No voy a hacer mi propio análisis, mañana se podrán leer los de gente mucho más preparada. Y con lo de "preparada" quiero decir que ya tenían listo lo que iban a escribir antes incluso de ver el debate. Sólo digo que, ya que los expertos aseguran que el próximo lunes será mejor, ya que comparamos la mediocridad de nuestros políticos con la destreza de los estadounidenses, espero que en el próximo encuentro veamos algo más o menos parecido a lo de abajo. Porque hoy ha faltado carne y han sobrado powerpoints, han faltado ideas y han sobrado bises, ha faltado ilusión y ha sobrado todo lo demás.




15 febrero 2008

El secreto de Victoria (III)

Llegó Victoria antes de lo previsto. La feria en París no dio para mucho y los organizadores suspendieron el último día por falta de asistencia. La empresa aprovechó entonces para adelantar el vuelo de vuelta y ahorrarse una noche de hotel, así que Victoria llegó a casa el sábado. Después de la discusión del jueves decidió no contárselo a Gustavo para darle una sorpresa, y abrió la puerta de casa impaciente por ver la cara de alegría de su novio.

Nada más entrar, el fregadero, la nevera y la lavadora. Y a la izquierda, frente a la mesa con la foto del beso en Pisa dada la vuelta, la cama bajo unas llamativas, bordadas e imprevistas bragas violetas. Victoria dejó caer su bolso en la puerta, del que salieron multitud de folletos de la feria internacional y, sin poder cerrar la boca, entró muy despacio en casa.

Subía Gustavo las escaleras con su rollo de papel de regalo en la mano pero, al encontrar la puerta abierta y papeles desparramados por el suelo, lo blandió como un bate de béisbol. Enseguida se percató de su ridícula imagen, y no porque cayera en la cuenta de la escasa ayuda que un papel enrollado le aportaría en su defensa de la propiedad privada, sino por imaginar que alguien pudiera robar algo en aquella casa diminuta.

Reconoció el bolso de su novia y en centésimas de segundo imaginó la escena: Victoria sentada en la cama, con las bragas en la mano, ahogada en lágrimas y pidiendo explicaciones. Acertó en todo excepto en lo de las lágrimas... Su novia tenía una más que elocuente cara de cabreo.

- “¿Qué coño es esto, Gustavo?”
- “No, n… Vicky, no es… no…”, empezó a tartamudear de nuevo.

Era la segunda vez en el día que Gustavo intentaba aclarar de quién eran esas bragas. Y, de nuevo, lo hizo sin éxito.

- “Vicky, que no son… que son…”
- “No tengo palabras, Gustavo. Esto es lo último que me podía esperar. Te juro que no tengo palabras. ¿Dónde está? ¿Quién es, la tía esa nueva del trabajo? Eres un cabrón, Gustavo. Un auténtico cabronazo”
- “Que escúchame, que no son mías… o sea, que no son suyas… espera, escucha…”
- “Menudo hijo de puta. Para eso nos hemos hipotecado. Si ya lo sabía yo. Si es que soy una idiota. Menudo cabrón eres, Gustavo, esto sí que no… Te juro que no tengo palabras”

Para no tener palabras se estaba expresando bastante mejor que su novio, que sólo era capaz de tartamudear agitando las palmas de las manos con los brazos hacia delante.

- “Vicky, es… espera, déjame que te explique…”. Victoria soltó la primera lágrima.
- “No me expliques nada, Gustavo, no hay nada que explicar. Es más, te voy a decir una cosa…”. Victoria agarraba las bragas con el puño cerrado como si fueran un mapa del tesoro.
- “Cariño, que no… huélelas, cariño… el Olimpo... huélelas...”
- “¿Qué? Serás puto cerdo…”. Victoria lanzó las bragas al suelo.

El ambiente se estaba incendiando.

- “Te voy a decir una cosa, Gustavo. ¿Te acuerdas de Sergio, el de Torrejón? Bueno, pues me lo he follado este fin de semana. ¿Y sabes por qué? Porque eres un gilipollas. Y un desgraciado. Y no ha sido la única vez, ¿sabes? Se acabó, Gustavo, vete a la mierda. Vete con tu zorrita violeta y olvídame. Hay hombres mucho mejores que tú…”

Victoria cogió su bolso y cerró de un portazo. Allí se dejó su regalo y alguna que otra verdad. Gustavo recogió la prenda del suelo y se quedó mirándola. Hay bragas que enseñan más de lo que tapan, y a Gustavo esas le acababan de revelar un desagradable secreto.

(Fin)


14 febrero 2008

El secreto de Victoria (II)


"¿Se lo envuelvo para regalo?”, preguntó la dependienta ante la caja de aquel parque temático de la lencería. Gustavo estaba maravillado. Modelos en fotos gigantes, dependientas de punta en rosa y purpurina sobre colores pastel por todas partes. Aquello era como una fábrica de sueños textiles en la que no sólo vendían ropa interior, sino que cada tanga, cada sujetador, se convertía en mucho más que una prenda íntima. Era un cheque de atenciones a nombre de la portadora, un visado al éxito frente al espejo, una carta de admiración escrita con algodón y poliéster que la destinataria podría leer cada vez que necesitara sentirse especial. Y aquel cliente primerizo se decidió por unas braguitas violetas que saturaron sus ya embriagados sentidos. El del tacto y el oído se fusionaban al tocar aquella tela tan suave, sonaba casi como una caricia. El del olfato se le desbordaba con el olor de ese tejido, que Gustavo imaginaba como el del monte del Olimpo. El de la vista estaba a punto de nublársele y el del gusto lo reservaba para después de pagar, cuando le diera el regalo a su novia. Estaba empezando a pensar que en realidad aquella tienda era para tíos, y aunque estaba seguro de que a su chica le encantaría, no obviaba que el regalo, en el fondo, era más bien para él.

- “¿Se lo envuelvo o no?”, insistió la dependienta al distraído Gustavo.
- “Da igual, es para mí”

Mientras se dirigía a la salida recapacitó sobre la gilipollez que acababa de decir. Se dio la vuelta para corregirse a sí mismo ante la dependienta, pero se sentía tan avergonzado –y más cuando la vio conteniendo la risa– que su amago de aclaración se quedó en un breve tartamudeo. Antes de seguir cagándola, Gustavo salió por la puerta con sus bragas en la mano. Que no eran suyas, que eran para su novia… pero eso ya sólo lo sabía él.

“Lo que se va a reír Vicky cuando se lo cuente”, iba pensando. Y cuando llegó a casa se sentó en la cama para envolver él mismo el regalo. Cayó entonces en la cuenta de que, en aquella casita sin secretos, no tenía papel para envolver. Antes de bajar de nuevo a la calle quiso asegurarse de que no necesitaba comprar también celo. Recordaba haberlo usado unos días atrás. Buscó en la “cocina”, en la terraza y hasta en el baño. Miró debajo del colchón y levantó el portátil. Caliente, caliente: el celo estaba detrás del portafotos. Hecho insólito hubiera sido que no encontrara algo en aquellos veinte metros cuadrados.

(continuará...)


13 febrero 2008

El secreto de Victoria (I)

Treinta y dos metros cuadrados menos doce de terraza, veinte habitables. Cuando Gustavo y Victoria hablaban de su nidito de amor, así, en diminutivo, era por algo. Quitando el baño, en el estudio de la parejita todo estaba a la vista. El fregadero, la nevera y la lavadora nada más entrar. Y a la izquierda, la cama frente a una pequeña mesa en la que, además de la tele, plantaban el portátil, el router y un pequeño portafotos para recordar su beso delante de la torre de Pisa.

Allí Gustavo era feliz, tomando el sol en verano y calentito con sus mantas en invierno. Y con Victoria, claro, a la que esperaría con alguna sorpresa cuando llegara el domingo de su viaje a París. Una de esas ferias internacionales que tanto le molestaban a Gustavo, pero por las que tanto peleaba Victoria en su empresa. Tres días en inglés tratando de captar clientes entre miles de ejecutivos… el plan preferido de Victoria y sus compañeros comerciales un fin de semana al mes.

Antes de aquel viaje discutieron. Y justo el día de San Valentín. Nunca se llegaban a tirar los trastos a la cabeza porque, entre otras cosas, no les cabían más trastos en casa. Y un router es demasiado trasto como para ser lanzado, excepto si el objetivo es –permítanme– algún representante de la compañía de telecomunicaciones. El caso es que a Gustavo no le gustaba pasar solo el fin de semana entre esas cuatro paredes y Victoria le recriminaba su actitud egoísta. Pero decidió cambiar y, para darle una sorpresa a su novia, fue a comprarle unas braguitas a Victoria’s Secret.

(continuará...)


31 enero 2008

Los colores perdidos de la historia

No tengo el brazo para mucho cuento, así que permitidme recuperar viejos textos de mi fotolog. Es lo que haré: reposar, copiar y pegar.



Probablemente sería el último combate de Tulio, como todos. Más conocido como "Brutus de Capadocia", Tulio Fabio se había convertido en el gladiador más popular del Imperio. Sus victorias le proporcionaban riquezas suficientes como para permitirse, entre otras cosas, combatir sólo dos veces al año y disfrutar el resto del tiempo de una hermosa casa a las afueras de Roma, presidida por una fuente de mármol y atendida por una docena de siervos.

Pero Tulio no tenía buenos presentimientos aquella tarde. El Coliseo parecía tener otro color. Agorero y enormemente supersticioso, Brutus repetía el mismo ritual antes de cada combate, y nunca pisaba la arena sin recorrer el graderío del anfiteatro. Como siempre, estaba abarrotado de romanos hambrientos de sus exhibiciones, animados por su destreza, deseosos de contemplar su violencia, pero en el fondo indiferentes ante el destino de su héroe. Siempre ascendía por la misma rampa y, antes de enfilar la galería que lo conducía hasta la arena, Tulio dirigía una mirada hacia los palcos del sur. Allí Virginia solía dejar a la vista una corona de flores rojas para desear suerte a su gladiador favorito. Su amada Virginia, el motivo secreto por el que Brutus de Capadocia no se dejaba matar, aunque el cansancio y las heridas lo invitaran a viajar de una vez por todas a las llanuras del Elíseo.

Aquella tarde no había rojo en las gradas. El color del Coliseo, en efecto, era distinto. Y Tulio Fabio, experto en todo lo relacionado con dejar este mundo, supo que ya no volvería a ver a Virginia. La joven Virginia, cuyo verdadero nombre era Claudia Cornelia, era la predilecta de demasiados senadores. Una bella prostituta cuya compañía era bien pagada por algunos de los hombres más influyentes de la urbe. A ella no le confiaban sólo sus fantasías, también sus miedos y sus ambiciones, casi siempre basadas en la envidia y una enorme debilidad por el poder. Virginia sabía demasiado. La política se deslizaba por su piel y en sus curvas se proyectaban las conspiraciones. Tulio se atormentaba y rezaba a los dioses para que sus pesadillas no se tornaran reales. Pero él no era el más apropiado para convencer a su amada de los riesgos que comportaba su profesión.

La ausencia del rojo fue suficiente para el gladiador. Aquella tarde, Roma asistiría al último combate de Tulio. Dolido pero sereno, Brutus de Capadocia inició el espectáculo. Agarró su espada e hizo pasar a su desconocido enemigo el peor rato de su vida. Pero era consciente de que aquel hombre sería el nuevo personaje a idolatrar que acabaría con su vida. Era consciente de que debía reunirse con Virginia al otro lado del río Aqueronte. Era consciente de que su nombre, y el de todos aquellos romanos que gozaron de la tarde más emocionante en la historia del Coliseo, serían olvidados con el tiempo y, siglos después, quienes volvieran a visitar aquel lugar cargado de violenta magia, sólo serían capaces de imaginarlo todo como una reducida leyenda en blanco y negro, sin flores rojas.

30 enero 2008

Sin fisuras

Jamás te podré acusar de no ser transparente. Te muestras tal y como eres, con todos tus defectos. Y aunque te gusta tener las cosas en su sitio, a veces se tuercen y todo se desmorona. Sé que te duele, pero a mí también. Porque es ahora cuando necesito un hombro para seguir adelante, y el tuyo no lo tengo. Llevamos toda la vida juntos y sé que sin ti no podría seguir. Pero esta vez me has fallado, esqueleto.


¿Os gusta mi desnudo?





26 enero 2008

Había una vez un Pontiac...



...que ahora es un Ford Mustang.

Si la película (sólo para TV) no está a la altura, me encargaré yo mismo de hacer lo que todos esperamos (...Hasselhoff, ten a mano el móvil). Que son veinte años esperando...

24 enero 2008

Pensando en la Luna (III)

Pasaban las noches y Neil era incapaz de confesar su aventura a Amanda. Ella cada día se preocupaba más. Sabía que, tras las misiones, los astronautas podían volverse locos, pero no de amor. Y su marido había dejado de hacer cosas normales. Se pasaba las mañanas durmiendo, las tardes entrenando y las noches mirando por su telescopio. Visitaba decenas de agencias de viajes, pero nunca encontraba su destino en el catálogo, y acudía a las oficinas de correos con cartas para las que nunca le daban sello. Hasta que Amanda una noche se hartó.

- “¿Me engañas con otra mujer?”, preguntó muy enfadada.
- “Eso nunca, Amanda”
- “Entonces, ¿qué es lo que pasa?”

Neil salió al jardín con su esposa. Se sentaron en el banco y se quedó mirando a la luna llena. En ese momento imaginó los momentos felices que jamás podría disfrutar con Selena, pegando grandes saltos para la humanidad, plantando banderas junto a su balcón, paseando a la orilla del Mar de la Tranquilidad o mirando un eclipse total de Tierra. Pero no era posible. Ella estaba allí… y él aquí.

- “Neil… ¿qué estás pensando? Necesito que me contestes, y necesito la verdad”

El astronauta no dudó. Miró a los ojos a su esposa y le dio esa verdad:

- “Amanda, eres lo que más quiero en este mundo”


Fin




23 enero 2008

Pensando en la Luna (II)

Sus instrucciones eran analizar la consistencia de la superficie lunar, buscar alternativas energéticas, estudiar la incidencia de la luz solar sobre los polos terrestres y recoger muestras minerales. Pero apenas recogió tres o cuatro. Neil desapareció con su alienígena durante las dos horas y pico que duró el paseo.

A los pocos minutos de pisar aquella arena blanca se la encontró de frente. Extraña, enigmática, celestial. Supo entonces que se había enamorado. Se acercaron, se miraron, no se hablaron. Porque ella no hablaba, se manifestaba a través de estímulos psíquicos.


- “¿Vienes mucho por aquí?”, se manifestó la alienígena, a la que Neil, para entenderse, bautizó con el nombre de Selena.
- “No, pero a partir de ahora creo que vendré más”
- “Con esa mirada me estás atravesando los corazones”, expresó telepáticamente Selena.
- “Y tú tienes los ojos más bonitos del universo”

Neil y Selena se acariciaron rostro y casco, se besaron bajo la luz de la Tierra e hicieron el amor en la cara oculta.

- “Debes saber que estoy casado”, dijo Neil, consciente de que debía regresar al módulo.
- “Aquí la gravedad de eso es siete veces menor”, respondió psíquicamente Selena.
- “Pero te recordaré cada vez que mire a la Luna”, dijo Neil con una lágrima tras su traje de aislamiento.
- “Eso seguro que se lo dices a todas”, bromeó ella.
- “La verdad es que sí… pero esta vez es de verdad. Eres la alienígena más hermosa que he visto nunca”

Los dos nuevos amantes, hombre y selenita, se despidieron sin saber si algún día volverían a verse. A Neil le esperaba un largo viaje de vuelta a su planeta y el difícil momento de la confesión: debería elegir entre Amanda o su amante. Pero regresó al lugar del alunizaje dando largos y lentos saltos de felicidad.

- “¿Dónde te has metido, Neil?”, le preguntaron por radiotransmisión desde el centro espacial.
- “Ni te lo imaginas”, respondió. “Acabo de confirmar la existencia de algo sorprendente, algo a lo que la ciencia nunca ha sabido responder”, decía mientras activaba los controles del módulo lunar, listo para el despegue. “Muchos quieren creer, pero no tienen pruebas; otros niegan su existencia, pero no lo pueden demostrar. Sin embargo yo, tras lo que no ha sido más que un pequeño paso para un hombre, puedo asegurar que existe el amor a primera vista”.


22 enero 2008

Pensando en la Luna (I)






- “Neil, cariño, ¿te encuentras bien?”

Amanda estaba al borde de la desesperación. Su marido llevaba dos meses muy distante, casi ausente. Más o menos desde que regresó de la Luna en una exitosa misión que lo tuvo dos semanas fuera de casa. Como apenas hablaban, las discusiones prácticamente habían desaparecido, algo que Amanda agradeció al principio. Pero la situación se había ido deteriorando y la incomunicación había comenzado a despertar en Amanda la sospecha de que su esposo le estaba ocultando algo.

- “Estoy bien, Amanda. Ya te dije que me duele la cabeza”

Siempre la cabeza. La excusa habitual cuando llegaba de trabajar. Ella siempre tragaba, al fin y al cabo su marido era astronauta, y todo el mundo sabe que eso estresa mucho. Pero ya se estaba cansando de tanta jaqueca.

- “¿Es que en la NASA no hay aspirinas?”
- “Sabes que me hacen daño”
- “Y a mí tu silencio”

Neil tampoco atravesaba su mejor momento. El injusto sufrimiento de su esposa le atormentaba a cada instante, casi tanto como el recuerdo de quien le había robado inesperadamente el corazón. Efectivamente, había otra. Sucedió a cuatrocientos mil kilómetros de casa. Los entrenamientos, el despegue, la puesta en órbita… Neil realizó su trabajo con gran profesionalidad, pero al llegar a la superficie de la Luna sus miradas se cruzaron y Neil se enamoró perdidamente y al instante de aquella hermosa alienígena.